“The Flu Game” el día que quisieron detener a Michael Jordan

La historia del partido donde Michael Jordan  jugó enfermo las finales de 1997.

Michael Jordan cae derrumbado en el banco de suplentes. Las gotas de transpiración bajan desde su frente como un río que desciende de una montaña. Siente escalofríos. Náuseas.  Estamos en Salt Lake City.

11 de Junio de 1997. Exactamente 27 años atrás.

5° juego de Finales NBA. Jordan, ahora, está en una de las habitaciones del hotel en Park City, un resort a 40 km. de Salt Lake City. Es la noche anterior al juego, Los Bulls y el Jazz están igualados a dos partidos por bando y Chicago debe afrontar el partido pivote habiendo perdido los dos anteriores. Mike observa por la ventana, está hambriento. Llama a Tim Grover, su preparador físico, para que se ocupe del tema.

«Oye Mike, escucha, aquí no hay nada abierto a esta hora», dice Tim.

«Tim, algo debe haber. Resuélvelo. Fijate lo que haya y resuélvelo», insiste Jordan.

Grover tiene razón. Son las 22.00 horas y no queda un alma en la calle, sin embargo, estamos hablando de Michael Jordan. El hombre que al día siguiente será tapa de todos los diarios, algo debe hacer. Y entonces, encuentra la única pizzería abierta en kilómetros.

Mike anuncia que se comerá toda la pizza él solo. Grover pide delivery: cinco muchachos se acercan a la puerta para entregarla. Es obvio que saben quién está del otro lado. Tim sospecha, e incluso le advierte a Jordan. Michael Jordan se rie y abre la caja.

Mike, ahora, no logra dormir. De hecho, se pone de pie en la madrugada y corre al baño a vomitar. Logra sentirse mejor, se acuesta, pero minutos después todo se repite. Llama a Grover.

Cuando Tim entra en la habitación lo encuentra tirado en el piso tomándose el estómago. A la hora del desayuno, el rostro de Mike habla por él. Está demacrado, el color de su piel es distinto, tiembla.

Phil Jackson se acerca y le pregunta qué sucede. Jordan dice que no se siente bien, pero ni Phil, ni Michael Jordan, hablan del partido, saben muy bien que Jordan jugará como sea.

Serán horas difíciles hasta el juego. Y serán más complicadas durante el mismo.Marv Albert, comentarista, dice: «La gran historia aquí es la condición física de Michael Jordan», y agrega: «Este es Jordan llegando hace dos horas. Sufre síntomas similares a una gripe». A partir de este momento, se conocerá este partido como el ‘Flu Game’. O el juego de la fiebre.

Con el tiempo, se sabrá que más que fiebre, lo que Jordan tuvo fue una intoxicación, pero el título del juego, el sello que lo identifica, nunca cambiará. Los hombros de Jordan están caídos, sus manos descansan sobre sus rodillas. El Delta Center es un hervidero.

John Stockton y Karl Malone lo observan. No saben bien qué tiene, pero preguntarán horas después ya con el triunfo en el bolsillo. Así, entonces, inicia el primer cuarto.

Mike aprovecha cada tiempo muerto como un retador en plena lucha contra el campeón mundial de peso completo. Pide agua, se da aire. Está a punto de sucumbir, pero no se rinde. Decide que si esa es hoy su versión, deberá convivir con su propio fantasma. Y así hace. El segundo cuarto le pertenece por completo. Michael Jordan confunde a todos: 17 puntos, 9-10 en libres y ninguna pérdida de balón. Carga hacia el aro para extraer las faltas que no le dieron en el Juego 4 y que fueron en parte razón de aquella derrota.

Al llegar al vestuario, Jordan se desploma sobre una de las sillas. Todo pasa por su estado de salud, que es calamitoso. Toma líquido, mucho. Siente su garganta seca, le falta el aire, tiene algunas líneas de fiebre.   El Jazz gana 53-49 y el pronóstico no es alentador.

El tercer cuarto es el peor momento del partido para Michael Jordan. Dubitativo, errático. Utah aprovecha y saca diferencias. Todo es alegría en Salt Lake City. Jordan está en el banco con una toalla y hielo sobre su cabeza. Scottie Pippen y Dennis Rodman lo observan. Toni Kukoc también.

Y entonces, al comenzar el último cuarto, ocurre la dinámica de lo extraordinario. Michael Jordan se levanta y su rostro es otro. Black Jesus resucitando ante los ojos de los mortales. Toma el balón y ataca. El monólogo de lo fascinante entra en curso. Está listo para reescribir el guión. Jordan está de regreso. Los Bulls pasan al frente 79-77. Phil Jackson sonríe. Es la calma anterior a la tormenta.

Los rayos que anticipan el trueno inevitable. El estadio de Utah ahora es silencio y alarido. Combina hostigamiento, admiración y temor. Todo en uno. Rodman queda fuera por faltas con algo más de dos minutos por jugar. ¿Se lo queda el Jazz? No tan rápido, porque este, es el momento de Superman. Es tiempo de volar.

Erra un triple Stockton, toma el Jazz el rebote, Malone erra un tiro de seis metros y Chicago tiene el balón. Queda menos de un minuto. MJ recibe falta. Viaja a la línea, mete el primer libre. Erra el segundo, pero toma el rebote. Quedan 40 segundos. Jordan le pasa el balón a Pippen. Doblan a Scottie y cometen un error histórico: dejan libre a Mike, quien recibe y anota el triple. Es un plano secuencia fascinante, porque Jerry Sloan no pide minuto. Stockton cruza la mitad de cancha, ataca el aro, descarga en Ostertag y es doble. 88-87 con 15.2 en el reloj.

Malone no corta rápido con falta, cruza Chicago, pase, pase y volcada de Longley. He aquí la imagen bíblica. Con 6.2 segundos por jugar, hay tiempo muerto. Jordan, entonces, se desploma en los brazos de Pippen camino al banco de suplentes.No importa lo que pasó antes o lo que pasará después, ese cuadro será, a partir desde ese momento, para siempre.

Malone saca de costado, encuentran a Jeff Hornacek que tira el triple para empatar y lo falla. En el rebote, sancionan una falta sobre Stockton, quien anota 1-2 y es el final. Jordan levanta los brazos y el equipo completo se suma al saludo a su estrella. Es, de nuevo, el logro de un imposible. El corazón ganándole al raciocinio, el espíritu venciendo una vez más a la lógica. Se lo conocerá, entonces, como el Flu Game. El juego de la fiebre. La hazaña perfecta de Jordan, de visitante, contra todos. Incluyendo él mismo.

Dos días después, los Bulls ganarán el título de 1997. Al año siguiente, será el turno de The Last Shot para vencer de nuevo al Jazz en Salt Lake City. Se coronarán otra vez campeones y también será, por supuesto, el último baile. 

La historia, como siempre, la escriben los que ganan. Y Jordan, eterno, nunca supo lo que es llorar en Finales. Así fue, así es y así será.

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